El día que conocí al Diablo II

En la anterior entrada estuvimos hablando sobre esa fuente y estatua erigida en un mítico cruce de caminos del Retiro y sus misterios. Aún así, y tras varias veces de haber transitado por aquella zona y haberla observado durante bastante tiempo a través de mi objetivo de la cámara, sentí que la experiencia tenía que ir más allá y me dispuse a indagar más sobre este Diablo.

Por avatares del destino, supongo, topé con una recomendación para visitar un museo. Dicho museo se trata de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, para mi desconocida por completo a pesar de ubicarse en una calle donde transito casi a cada día, la calle Alcalá, cercana a su comienzo en la Puerta del Sol.

Una vez ubicado la Real Academia me dispuse a visitarla y poder explorar otro rincón más de Madrid. Por suerte es uno de los pocos museos madrileños donde se pueden hacer fotos dentro, un punto a favor sin duda. A la entrada me aguardan dos colosales héroes de la Antigüedad, a un lado el mítico Heracles griego junto con su porra y piel del león de Nemea, al otro lado Flora. Tras subir unas escaleras en ambos extremos de la entrada principal, y tras haber atravesado un paseo de esculturas clásicas, como si se tratase de un viaje en el tiempo, llegamos al salón principal donde se erige una gran vasija llena de bajorrelieves, y tras de ella… Lucifer.

Real Academia de Bellas Artes de San Fernando

Allí estaba, presidiendo el enorme salón vacío, a la luz natural de los grandes ventanales y con un semblante rostro que nos muestra a un ser que acaba de ser derrotado por la luz. En ese mismo instante me recorrió un intenso frío por el cuerpo al tiempo que en las habitaciones contiguas llegaban notas del órgano del salón de actos, unas notas lúgubres, propias de un órgano de Iglesia. Para mí es un lugar mágico, un lugar en el cual puedes sentarte a ambos lados de la escultura y poder observar desde todos los ángulos, y como he dicho anteriormente, incluso disfrutar del órgano que da ambiente al lugar.

Real Academia de Bellas Artes de San Fernando

Y es que aquí no acaban las casualidades demoniacas. En uno de mis reiterados viajes a este gran museo y Real academia, observando a Lucifer más de cerca y haciendo hincapié en la gran serpiente que lo rodeaba, llegué a observar que no era una única serpiente la que atrapaba al querubín caído, sino múltiples serpientes de las cuales llegué a contabilizar hasta cuatro cabezas. Y bien es sabido que cada obra de arte está cargada de un simbolismo el cual el espectador se hace cargo de investigar, por lo que tras consultar las redes y contrastar informaciones descubrí que no solo eran cuatro cabezas de serpiente, sino siete cabezas. Siete, el número de la perfección, y en este caso el número de la perfección maligna. Y hasta aquí todo lo que he ido recabando acerca de esta gran estatua tan desconocida y que guarda una historia, como casi cualquier esquina y ventana de Madrid.

Real Academia de Bellas Artes de San Fernando

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